Por la ruta de Martí con los mas jóvenes

30 Jun 2017

Cruzada Martiana por la ruta de José MartíTras los primeros pasos de José Martí en su llegada a Cuba por Guantánamo para reiniciar la lucha por la independencia en 1895, fueron los  adolescentes del grupo teatral Fragua intentando vivir una experiencia inolvidable. Ellos, convocados por los jóvenes martianos de la Sociedad Cultural José Martí, dedicaron  sus días de receso escolar del mes de abril a un viaje  épico de reencuentro con la historia,  justo en el corazón de la montaña guantanamera.

 

El encargo era realizar  una cruzada cultural martiana donde compartieran  su quehacer artístico con los pobladores  mientras conocían de la vida en  estas alturas orientales, que tanto significado tienen para nuestro devenir, y del sacrificio  de aquellos que  entregaron su vida por la libertad de Cuba.  Y hacia allá fueron orgullosos y entusiastas estos  nueve miembros del club martiano Memoria Viva.

 

Tienen apenas trece años y comparten, desde su segundo grado en la Escuela Primaria, el proyecto comunitario que han dado en llamar Fragua -como fragua de espíritus.  Martí ha sido su guía junto al teatro para explorar en la enseñanza de una manera siempre creativa y para beber en su obra  de los valores más puros y a ser mejores, hombres y mujeres buenos.  Así, este grupo  luego de  siete años juntos en el aula y en la vida, es hoy  una hermandad de familias entrelazadas, donde cada padre y madre va aportando a los pequeños  todo lo mejor que puede: una la técnica teatral, otra las matemáticas o la física, otra la perseverancia, otro el rigor, todos la historia, todos a Martí, todos el amor  a la patria. Por eso son también alumnos de alto rendimiento académico y siempre vinculados al mejor obrar en su comunidad y adonde fueren.

 

Tres madres les asistieron en esta ruta martiana por Imías, junto a los organizadores de la SCJM, pues serían jornadas de travesía difícil y vida en campaña que se puede tornar verdadero reto para estos muchachos acostumbrados a la apacible playa de Santa Fe, en la capital. Las motivaciones eran muchas para ellos: viajar a una región desconocida; acampar; subir montañas; atravesar ríos; conocer de primera mano lugares históricos; andar muchos kilómetros; estar allí casi en el mismo período en que Martí caminó esos senderos, 122 años después; cargar mochilas pesadas; ser acompañados por mulas. Todo era acicate por salir, llegar y vivir.

 

Sin embargo, tropiezos siempre hay. A la salida,  en el viaje y al regreso, hubo demoras, el transporte, situaciones organizativas, del clima o del azar. Mas para resarcir, y dar brillo al éxito de la encomienda estuvo en cada momento el optimismo y  la perseverancia de todos, junto a  la proverbial solidaridad guantanamera, mayor cuanto más alta la montaña, sin dejar de mencionar el sabio consejo de René Gonzalez -el héroe que hoy en la Sociedad Cultural, les es tan familiar- que al encontrarlos en el camino les advertía fueran fuertes. Al final supieron realmente cómo se  hacía realidad la profunda frase martiana en su diario de campaña: “subir lomas, hermana hombres”.

 

A  poco más de un mes de la travesía  y su regreso a la Habana aun estos muchachos no se desprenden de lo que allá vivieron durante esa semana de abril. Charlar sobre “la cruzada” es habitual para ellos.         Y como cada experiencia que viven forma parte de su aprendizaje, hoy, como pretexto de un examen  eligen presentar a Martí, personalidad histórica. Entonces aprovechan y  comparten con sus maestros su nuevo tesoro, las imágenes de esa ruta martiana que tuvieron la extraordinaria oportunidad de seguir.

 

Vuelven  así  a revivir cada minuto en una cronología detallada, desde la acogida en la Universidad de Guantánamo por los jóvenes martianos de esa provincia. La llegada a Playitas de Cajobabo; la subida y bajada al Monumento, allí donde Martí expresara “dicha grande” al pisar tierra cubana; cantar el Himno  de Bayamo juntos en el lugar; donar los libros que llevaban de la Sociedad Cultural al Museo de Playitas; avistar bien las marcas que las  cuatro rutas históricas han  dejado; compartir con su gente esa noche en la plaza del pueblo, a la luz de la noche más estrellada que habían visto; cambiar la ruta porque iban pesados y las mulas no llegaban. Luego, la primera experiencia de subida y trayecto difícil, el sol fuerte y las mochilas cargadas. Llegar a mediodía  al poblado de Veguita del Sur. Conocer a los guardabosques y a la gente de allí; bañarse en el río de hermosas piedras y aguas transparentes; dormir en el suelo; conocer cómo viven; hablar de todo y de los desastres del último huracán y los depredadores forestales.  Ver que la electricidad es a ratos por planta eléctrica y paneles solares. Al otro día: la gran travesía…y la lluvia batiendo sobre los hombros. Dejaron   de contar, de tantas veces que cruzaron el  río Jojo,  según la ruta de Martí. Las mulas les aliviaban la carga y  cada uno llevaba su propio bordón improvisado de los palos del monte que hallaban caídos a su paso. Ocasión única para probar sus conocimientos de pioneros exploradores. La emoción de pisar la tierra húmeda de Rancho Tavera, donde Martí fuera ascendido. Ver las polimitas, las plantas de cacao y de café. Los bosques imponentes y el verde intenso de la sierra. Subir y bajar los 17 kilómetros recorridos ese día hasta llegar a Vega del Jobo.  Vieron el pueblo abajo en  medio de las altas lomas y el cartel de bienvenida al llegar bajo el aguacero. Recuerdan que esa noche actuaron a la luz de una  tenue lámpara y compartieron con artistas aficionados del lugar.

 

El río crecido  cerraba el paso y una vaguada persistente  les obligó  a desviarse y llegar a Imías un día antes de lo planeado por ruta  de camiones, el único transporte capaz de soportar subidas tan empinadas.  En Imías esa noche una comida  en cocina improvisada por manos amigas y elaborada por las madres -aquellas que nunca pudieron seguir el paso audaz de los adolescentes en la difícil ruta. Luego tuvieron su actuación ante el pueblo de Imías y sus autoridades que agradecían sinceramente, antes de regresar al llano. Faltaban otras dos noches en ciudad Guantánamo para visitar la Brigada de la Frontera, a conocer sobre la vida y el enfrentamiento en esa primera trinchera ante el enemigo, y  también los lugares de interés, tan especiales como la visita al Proyecto comunitario el Patio de Adela,  con el ritmo del Nengón, el Kiribá y los niños de la Loma del Chivo, esos tremendos bailadores. Y todo bajo la insistente lluvia, esa que no les dejó más hasta su salida de Guantánamo.

 

Así  evocan sin cesar su cruzada artística martiana y disfrutan del privilegio de existir en la soberanía de su patria querida donde los niños nacen para ser felices.

 

Viviendo experiencias como  éstas nuestros jóvenes Viven y Crecen. Hagámos lo posible siempre.

 

 

Zulema Armas